domingo, 18 de junio de 2017

LABIA Y SOLTURA


El lenguaje sí importa -“Se robaron todo y estamos quebrados”-. A algunos posiblemente esta acusación los deje atónitos, también habrán otros que la consideren abrupta y exagerada. En mi análisis pienso que fue un sonoro fracaso. El lenguaje sí importa.
En muchas democracias la participación está descendiendo. El bajo grado de confianza entre el pueblo y los políticos ha llevado a que los ciudadanos volteen la espalda y busquen nuevas alternativas: derecha extrema, izquierdistas, chapados a la antigua,  populistas y anti-políticos puros. El resultado de toda esta desilusión causada por la incapacidad de los partidos tradicionales, ha acelerado una tendencia adversa hacia nuestro sistema político y se ha aumentado la brecha entre los que opinan una cosa y la otra, maximalismo al 100.
Hoy en este preciso momento, en nuestra región, la retórica vuelve a tomar un papel protagónico. Los populistas se precian de su capacidad de labia para dar caramelo y utilizando varios trucos verbales, embaucan a la sociedad creando la falsa esperanza -“El norte será la ciudad jardín”-. La retórica está diseñada para un momento y lugar específico. Una vez que convences a la audiencia de la ´verdad´ retórica, la misma desactiva las facultades críticas y perdonan cualquier grado de exageración, contradicción o salida de tono -“Soy adicto a Metrolínea”-. Además, cualquier intento de oposición objetiva y reflexiva es rechazada por los partidarios del populista al considerarlo una manipulación dirigida -“Rata liberal malnacida”-. Situación que es altamente decadente.
No más shows y dramas para presentar como buenos unos argumentos que en realidad son débiles, que venga el debate y la ejecución. En el lenguaje político sano las personas se unen con los dirigentes y esto acontece porque se logra atraer a la discusión a los ciudadanos, conduciendo por tanto, a la toma de mejores decisiones con un apoyo más amplio. Pero cuando el leguaje es mal utilizado para implicar y desunir, se pone en peligro el vínculo que siempre debe existir entre el elector, los líderes y el gobernante, y esa es la más grave amenaza que puede sufrir nuestro sistema democrático. Sin el debido debate: las pruebas, los argumentos, las ideas, las estadísticas y los valores sociales por seguro habrá estancamiento.
La crisis de la política es una crisis del lenguaje político y el Alcalde Rodolfo Hernández es un experto en empobrecerlo y emponzoñarlo -“Putas, mendigos, mafiosos, a la brava, a las patadas”-. Sumado a todo esto, su equipo de gobierno, arrogantes, obsesionados y engañados de sí mismos, viven en una desconexión general del sentir ciudadano y el desarrollo urbano que ahonda la crisis. Las consecuencias son visibles a la mano: una ciudad desordenada y sucia que se anarquiza y falta a las normas básicas de convivencia. Pero ¿cómo no? Sí la parálisis gubernamental es también apoyada por el periodismo sensacionalista y difamador, sí las autoridades y los entes de control también amenazan la justicia por su falta de confianza, y sí los mismos líderes sociales llenos de ocio, también se convirtieron en mentes superficiales y egoístas, menos cívicos y menos humanos.

Distinguir entre los argumentos y las afirmaciones que conduzcan hacia conclusiones seguras, es el producto de un razonamiento meticuloso de cualquier ciudadano responsable. Nunca habíamos tenido tanta información ni oportunidades para exigirle a los gobernantes que cumplan con honestidad y autenticidad lo que prometieron. Debe ser un compromiso de todos, oportuno y necesario.

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